Cuando terminas de cenar y te vas a dormir de inmediato, el cuerpo entra en un conflicto interno.

Por un lado, el sistema digestivo necesita energía, movimiento y circulación activa para procesar los alimentos. Por otro, el cuerpo comienza a prepararse para el descanso, disminuyendo el ritmo metabólico, y se centra en la detoxificación y reparación. Esta contradicción hace que la digestión se vuelva más lenta y pesada durante la noche.


Al acostarte justo después de cenar, la gravedad deja de ayudar al tránsito natural de los alimentos. Cuando estás de pie o sentado, el sistema digestivo trabaja con mayor fluidez. Y si durante la digestión realizamos movimiento suave, esta se realiza con mayor fluidez y naturalidad. Pero al estar acostado, el contenido del estómago puede desplazarse con más facilidad hacia el esófago, generando sensación de reflujo, acidez o ardor nocturno.

Además, como ya se ha mencionado, durante la noche el cuerpo entra en modo de reparación y descanso. Si el sistema digestivo está trabajando intensamente porque la comida aún no se ha procesado, el organismo no logra enfocarse completamente en las funciones de recuperación celular. Esto puede provocar que el descanso sea menos profundo, incluso si la persona duerme las horas suficientes.


Otro efecto frecuente es la sensación de inflamación abdominal al despertar. Cuando la digestión queda “a medias” durante la noche, pueden generarse gases, fermentación intestinal, y el cuerpo tiende a acumular lo que no ha podido digerir, lo que provoca pesadez matutina, falta de apetito al día siguiente y si estas rutinas se realizan de forma continuada, llevan a un aumento de peso.


También puede influir en la calidad del sueño. Cuando el estómago está lleno, el cuerpo mantiene una actividad interna más alta, lo que puede generar microdespertares, sueño superficial o sensación de cansancio al despertar, aunque la persona haya dormido varias horas.

Lo ideal es dejar pasar entre dos y tres horas (como mínimo), entre la cena y el momento de acostarse. Este tiempo permite que el estómago avance gran parte del proceso digestivo y reduce el riesgo de molestias nocturnas. Un hábito ideal sería realizar una merienda -cena temprano, y dejar un tiempo de descanso digestivo de un mínimo de 12 horas hasta la siguiente comida, que por lo general suele ser el desayuno. Os puedo asegurar que implementar este hábito, marca una diferencia abismal (¡por supuesto, para mejor!

Si no te es posible adaptar estos cambios a tus rutinas diarias, al menos opta por cenas muy ligeras. Alimentos fáciles de digerir ayudan a que el sistema digestivo trabaje sin sobrecargarse durante la noche.

Pequeños hábitos antes de dormir pueden influir mucho en cómo se siente el cuerpo al día siguiente. A veces, mejorar la digestión nocturna no requiere cambios extremos, solo darle al cuerpo el tiempo que necesita para terminar su trabajo antes de descansar. 

Si lo piensas bien, son pequeños cambios que puedes hacer, que depende de tí, y que mantenidos en el tiempo te llevarán a ganar vitalidad, salud, y control en el peso. Los beneficios son muchos. Y este es solo un pequeño paso que puedes comenzar a implementar si realmente tu salud y bienestar son algo de prioridad para tí. 

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